13 de mayo de 2022

Shutterstock / Aleksey Boyko

Manuel Miró Lladó, Universitat de les Illes Balears

El término confinamiento fue la palabra del año en 2020. La del año siguiente, vacuna. Ambas fueron elegidas por la Fundación del Español Urgente (Fundéu) en colaboración con la Real Academia Española (RAE). Al final de cada año, escogen la palabra que más impacto haya tenido tanto a nivel socioeconómico como científico en ese año. Seguramente a nadie le sorprenda la selección de estas dos últimas palabras por motivos evidentes.

Sin embargo, es posible que los lectores de este artículo desconozcan que la del año 2018 fue microplástico por el impacto que a nivel mundial generó en aquel periodo la acumulación de residuos de plástico.

Al referirnos a este término, seguro que en la mente de los lectores aparecerán las imágenes de basura marina en las costas, bahías y océanos de los cinco continentes, los efectos sobre la fauna marina y, por ende, en toda la cadena trófica.

Pero ¿qué son los microplásticos? De acuerdo a las recomendaciones de la Fundéu, los microplásticos pueden definirse como “pequeños fragmentos de plástico (menores de cinco milímetros) que o bien se fabricaron ya con ese tamaño para ser empleados en productos de limpieza e higiene o bien se han fragmentado de un plástico mayor (bolsas de la compra, envases de todo tipo, incluyendo botellas de bebida…) durante su proceso de descomposición”.

Esta definición, bastante aceptada a nivel científico, ha sido ligeramente modificada en los últimos años. Ahora se incluyen también las microfibras y los nanoplásticos que derivan de una mayor degradación de los plásticos originales.

¿Dónde terminan los microplásticos?

Además de los orígenes indicados en su definición, una importante fracción de los microplásticos deriva de la fricción de los neumáticos de vehículos o de los componentes de cosméticos.

Por tanto, las vías de entrada en los seres vivos no son solamente mediante el aparato digestivo sino también por vía respiratoria. Así, se han encontrado recientemente micro y nanoplásticos tanto en pulmones de seres vivos, como en sangre humana. Además, tampoco debemos olvidarnos de la vía dérmica.

El plástico está constituido por materiales poliméricos que son de uso diario en nuestra sociedad. Por ejemplo, polietileno, polipropileno, cloruro de polivinilo, poliestireno, tereftalato de polietileno, etc.

Como consecuencia de la persistencia de estos componentes, el Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente publicó el Real Decreto 293/2018, de 18 de mayo de 2019. Su objetivo era reducir el consumo de bolsas de plástico tanto en los puntos de venta de bienes, como por parte de los consumidores y envasadores. La idea era que los envases fuesen reciclados y reciclables, minimizando así el consumo de materiales de un solo uso.

El impacto físico de los microplásticos en organismos acuáticos deriva de la obstrucción de sus vías respiratorias o digestivas, pues los confunden con el plancton u otros microorganismos acuáticos.

En el ser humano, el impacto físico de los micro y nanoplásticos es todavía desconocido puesto que se necesitan estudios epidemiológicos sobre la exposición humana a estas partículas micro y nanoscópicas.

¿Son un riesgo para la salud humana?

Sin embargo, es necesario considerar que los plásticos durante su proceso de síntesis suelen modificarse superficialmente con aditivos químicos para dotarles de una funcionalidad específica para su uso final.

Entre ellos, destacamos los plastificantes (como el grupo de los ftalatos), monómeros (como bisfenol A y derivados), colorantes, pigmentos, pirorretardantes, lubricantes, filtros solares, antioxidantes etc., que constituyen un riesgo adicional para la salud humana. Sus efectos nocivos deberán evaluarse en los estudios clínicos y epidemiológicos.

Para dar respuesta a estos posibles efectos de los aditivos químicos de plásticos, se debe investigar cuál es su destino en el ser vivo después de su ingestión accidental. Es decir, saber si son capaces de alcanzar el torrente sanguíneo con la consiguiente posible acumulación en tejidos humanos (aunque también existen mecanismos de detoxificación) o se excretan directamente a nivel intestinal.

Simulando la digestión de microplásticos

Por ahora, varios estudios in vitro, realizados en nuestro grupo de investigación llamado FI-TRACE de la Universidad de las Islas Baleares, han simulado el proceso de digestión gastrointestinal de microplásticos ingeridos accidentalmente o respirables y transferidos al sistema digestivo.

Este estudio no se realizó en seres vivos, sino que lo hicimos mediante jugos gastrointestinales humanos simulados con composiciones químicas y enzimáticas similares a las fisiológicas, incluyendo saliva, jugo gástrico, jugo duodenal y bilis.

El objetivo fue evaluar los posibles efectos de los microplásticos mediante el análisis de riesgo a partir de la fracción de aditivos bioaccesibles. Es decir, la cantidad de aditivos que pueden transferirse desde los microplásticos a los jugos gastrointestinales. Así, una vez en disolución en el aparato digestivo, estos aditivos son potencialmente capaces de atravesar la membrana epitelial humana e introducirse en el torrente sanguíneo humano, causando respuestas tóxicas.

Los resultados experimentales obtenidos nos indican que uno de los aditivos más bioaccesibles a nivel gastrointestinal y potencialmente nocivo para los seres vivos es el bisfenol A.

De hecho, la Agencia Europea de Control de Alimentos, sensible a este hecho, lanzó a final de 2021 una nueva consulta para reducir el nivel máximo tolerable de ingestión humana de bisfenol A a partir de la dieta.

Esta consulta, una vez aprobada, va a obligar a los fabricantes de materiales poliméricos y envases de alimentos a reducir significativamente su uso. Además, las empresas estarán obligadas a aplicar los requisitos especificados en la nueva ley de residuos en los que se contemplan los residuos plásticos.

Futuros trabajos de investigación deben encaminarse a simular los procesos de bioaccesibilidad en el tejido pulmonar, así como en plasma sanguíneo, para evaluar las posibles interacciones de los aditivos con las proteínas plasmáticas. De esta forma, podremos nutrir a los estudios clínicos epidemiológicos in vivo, los cuales darán respuesta al reto científico y demanda social que encabeza este artículo.The Conversationhttp://theconversation.com/es/republishing-guidelines —>

Manuel Miró Lladó, Catedrático Universidad Química Analítica, Universitat de les Illes Balears

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.