17 de octubre de 2020

Julia Quintiero (Buenos Aires, Argentina) Comunidad de Educadores de la Red Iberoamericana de Docentes.
En tiempos en que la privación del toque cuerpo a cuerpo nos ha hecho (paradójicamente) sentir tocados, reflexionamos sobre el enseñar y el aprender a partir de la suspensión de la gramática escolar y la didáctica a la que estábamos habituados. ¿Será una oportunidad para in-corporar la alfabetización estética-sensible?

Aprender es descifrarse a uno mismo y a los demás.

 Las reflexiones movilizadas en estos días tocan nuestra práctica educativa y nos llaman a preguntarnos qué podemos hacer para transformarla y mejorarla. En estos días de circunstancia inédita, para descifrar y decodificar tanto lo micro como lo macro, necesité de conversaciones: conmigo misma, con otras personas, con otros textos, con imágenes, con músicas... Conversari en latín significa vivir, dar vueltas, en compañía…Versar -con. Abrirse, poner en crisis un mundo instalado, ponerse en apertura, en estado de afectación, afectar y ser afectado.

Desde mi posicionamiento como arte-educadora sostengo que el contacto con la diversidad de lenguajes artísticos (visuales, corporales, musicales, poéticos) abren ese mundo sensible de afección, de apertura a lo otro, lo distinto, que me invita a versar, a vivir haciendo un movimiento de alimentación continua. Así es como, colocados desde esa predisposición subjetiva, tanto crear como apreciar una obra de arte es una conversación. Entonces la conversación entendida de este modo nos salva de ser in-diferentes, de la reclusión, de la exclusión Entre las conversaciones de estos días, rescato algunas que he tenido con Quino (artista historietista argentino, autor de la célebre Mafalda) que me ha susurrado al oído, desde su obra, algunas pistas para descíframe a mí misma y al contexto:

-1er Aprendizaje: Cuidar el pastito interior

¿Cómo sembrar y regar un pastito interior que tapice nuestro fuero íntimo, que pase lo que pase esté allí, como tierra fértil y frondosa? ¿Qué parte de la escuela nos enseña a regar y desmalezar ese pastito invisible e incalificable? Y a su vez, ¿cómo hacer para que el cuidado de este tesoro interior haga que nos importen los pastos públicos, los de todos?

-2do Aprendizaje: Deconstruir nuestras tranqueras

Aprender a estar solos, a pasar mucho tiempo con la familia, aprender nuevos recursos y estrategias laborales, a ver la muerte de cerca, a manejar la incertidumbre, a reinventarnos...en este movimiento del aprender nos enfrentamos a nuestros límites, que nos frenan, pero también son nuestros contornos, nos delinean. Mirar de frente nuestras limitaciones, nuestros desiertos interiores, nuestras tranqueras. Identificarlos para deconstruir esos muros y no patear el tablero de los desafíos.

3er aprendizaje: La responsabilidad de enseñar y aprender a conversar

¿Qué oportunidades de escucha, reflexión y expresión tenemos en nuestras vidas? ¿Cómo, dónde y haciendo qué aprendemos sobre esta andanza de afectación que es la conversación?

 4to Aprendizaje: La consecuencia de una escuela del “meter en la cabeza” es someter al ser todo.

Una escuela que nos mete cosas en la cabeza, sin ponerlas en vínculo con las otras dimensiones del sujeto, sin generar afectaciones, lejos de generar aprendizaje formatea una sociedad sometida.

El movimiento del aprender se inicia en la capacidad de descifrarnos a nosotros mismos, crece desde el cuidado de nuestro pastito interior, y de la demolición de nuestras propias barreras. Y, desde allí, descifra el afuera. Esto requiere de toda nuestra sensibilidad y capacidad de conversar, de andar en compañía de otros, de abrir nuevos ojos, nuevos oídos, de hacer crecer nuevos órganos de afectación, que nos permitan vincularnos con el mundo, sin tanta frontera, más bien generando superficies de pasaje, puentes, conectores. Volvemos a Paulo Freirepara reafirmar que “una educación que fomente la práctica de la libertad no debe reducirse a un simple apoyo técnico, sino incluir el esfuerzo personal de descifrarse a sí mismo y a los demás”

Nos toca porque nos toca

Hemos escuchado mucho en estos días Ahora nos toca porque nos toca…Apareció con fuerza esta palabra, tocar, que curiosamente entrama varias derivas: toca se lee como destino, como designación del turno de asumir una responsabilidad, y a su vez el toque es afectación, sucede de poner juntas dos superficies que al percibirse producen una modificación, una resonancia, un ida y vuelta. También tocar remite al contacto cuerpo a cuerpo, ese que tanto se extraña en estos días de confinamiento, y que reconocemos entonces como vital.

Ahora, restringidos del toque cuerpo a cuerpo, nos sentimos, paradójicamente, tocados. Nos llegó la hora de implicarnos porque la desagracia es pandémica, nos incluye a todas/os. Nos toca de cerca y por ello nos involucra, nos interpela. Pero ¿cómo educarnos para sentir lo lejano, lo ajeno como propio? ¿Qué modos de ser y hacer podemos encarnar en nuestras vidas para que nos sintamos llamados, tocados, alertados por las “pandemias” naturalizadas (hambre, desigualdad social, femicidios, esclavitud, destrucción del ecosistema) que sucedan lejos nuestro, lejos de nuestro micro mundo? ¿Qué nos hará despertar para sabernos parte un todo, en el que mi acción genera una resonancia de afectación en otro lado del planeta? Entender que cuidar lo público es cuidar lo de todos, es el modo de cuidar a los extraños, a los lejanos; es el modo de que alguien que nunca me conocerá, cuide de mí. Cuidar a los extraños es el reverso de cuidarnos a nosotros mismos, es un movimiento pendular de ida y vuelta. Los lemas globales surgidos frente al covid19 bien lo dicen: el cuidado de sí mismo es la clave del cuidado colectivo. Y viceversa ¿Será que esto abra una conversación sensata y generosa sobre lo público y lo privado? ¿O seguiremos viviendo un mundo con dos clases de vidas posibles, con dos calidades de vida posible?

 Y dentro de la escuela, ¿qué hacer para que los chicos y las chicas se sientan tocados, se sientan parte? ¿Qué experiencias de conversación, de ida y vuelta, de andanza juntos, de afección, ofrecemos en la escuela? ¿Cómo pasar del movimiento unidireccional y unifocal del meter-en-la-cabeza, al movimiento múltiple que dispara el tocar?

Pasar de una escuela que mete a una escuela que toca

La situación global es una oportunidad para pensar cuánto de lo que sucede (y de lo que no sucede) en las escuelas tiene que ver con la crisis humanitaria que vivimos. Pienso que, en gran parte, la crisis humanitaria en la estamos sumergidos (ahora develada por obra del covid-19) se sostiene y se reproduce gracias a la gramática escolar y la didáctica imperante que fortalece la declamación por sobre la encarnación, que mete información sin generar afección ni contacto, haciendo una escuela que no se toca con la vida.

 La escuela funciona, es funcional, al precio de fragmentar la razón de la emoción, la sensibilidad del pensamiento. Formarnos como sentipensantes es algo que permanece desplazado de la agenda educativa, es un objetivo que aún permanece en la lista de los prescindibles… curioso momento éste, en el que el escenario requiere de nosotros el máximo de resiliencia, empatía, amor propio, confianza, motivación, creatividad, y un fuerte sentido de colaboración. 

Nos toca hacer una escuela que nos toque. Pasar de una educación basada en verdades declamadas a la construcción de preguntas encarnadas que inicien búsquedas y deseos de conocer, responde una urgencia global hacia las culturas de la paz. Una escuela que toca incluye en su misión la alfabetización estética como parte de este derecho básico para habitar saludablemente en el mundo. El tocar implicar pasar del foco en la cabeza a mirar todo el cuerpo, hacer un zoom out, ampliar el campo de visión, de mirar la compleja totalidad que somos.

¿Por qué es importante que la escuela, como centro y corazón de la formación ciudadana, incorpore la alfabetización sensible? Porque en los modos de ser y hacer de la escuela, muchas a veces lo que aprendemos es a no dejarnos afectar. El precio del privilegio de la razón por sobre la sensibilidad es educarnos en la in-diferencia. ¿Cómo nos va a importar lo que ocurre a millones de kilómetros de casa si pasamos millones de kilómetros de horas educándonos para que no nos estorbe la emoción ni la sensación, si mi compañero de banco resulta un contrincante, si la escuela esta escindida del contexto cultural más amplio que es donde discurre la vida? Entonces las instituciones, la política, la economía, los desastres naturales son asunto de otros… no nos sentimos responsables ni del problema ni de la solución, somos simples espectadores.

Nos toca ser parte: hacia una cultura del espect-actor

La escuela podría funcionar en la lógica del espect-actor, término acuñado por Augusto Boal, hacedor teatral brasilero, que hace un viraje en su filosofía de trabajo cuando tras un largo encierro en una cárcel como preso político, se repregunta por las políticas de subjetivación que traccionan su modo de hacer teatro. Es una pregunta sobre la ética que encarna una poética, y viceversa. Lo que cuestiona Boal con este giro es las jerarquías del saber (“la dictadura del director”) y democratiza la construcción de sentido de la obra incorporando al espectador, que así se convierte en un activo, es también un actor. Es un teatro foro, un teatro que provoca a los participantes y abre la incorporación de diversos sentidos y resoluciones a la obra planteada. Para que eso suceda se diseña una situación problemática, una experiencia provocadora y disparadora, y si hay construcción colectiva de resoluciones posibles es porque también hay una mediación artístico-pedagógica, preparada, diseñada, elaborada. Boal llama a su nuevo hacer Teatro del Oprimido, en sintonía con la pedagogía de Paulo Freire Así es como Boal deconstruye la fórmula binaria actor -espectador para pasar al agenciamiento espect-actor, en un gesto en acto que este artista sienta a la mesa de la conversación de la cultura, para disputar el sentido de las cosas. Para hacer un mundo donde todas y todos seamos espect-actores, ¿no estaría bien empezar a ensayar esta práctica en la escuela?

En esta situación global que al paradigma instalado parece darle “toque de queda”, me pregunto: ¿Qué queda después de este toque? ¿Qué sigue existiendo y que va desapareciendo de la Escuela en esta circunstancia? Rota la gramática escolar, la didáctica se licúa. Quedan las personas. Los educadores y los estudiantes. Queda el mundo construido y los mundos por construir ¿Cómo alimentar y nutrir desde la escuela el protagonismo del estudiante? Mirándolo en su integralidad. ¿Como abordar su integralidad? Reconociendo sus múltiples dimensiones. ¿Como nutrir y dar lugar a sus múltiples dimensiones? Incluyendo herramientas para una alfabetización sensible. La complejidad se aborda ofreciendo diversas entradas al conocimiento, diversos puntos de vista, andamiando la indagación de diversas respuestas, y para que estén cargadas de sentido siempre enlazadas a su singularidad y siendo trampolín para la participación en lo colectivo. Nos toca hacer una escuela que nos toque.