29 de junio de 2020

Ana Ma. Gurrola Togasi
Escuela Nacional Preparatoria-UNAM. Ciudad de México. Comunidad de Educadores de la Red Iberoamericana de Docentes.

A lo largo de la historia de la humanidad el concepto de docente ha cambiado, en la actualidad vivimos escenarios volátiles y cambiantes; para poder ejercer la docencia se necesitan dos características fundamentales: la flexibilidad y el auto aprendizaje, gracias a ellas podremos seguir ejerciendo nuestra actividad docente

¿Qué significa ser un buen docente? La respuesta a esta pregunta es diversa y cambiante de acuerdo con la época en la que se formula. Todas las culturas han tenido en algún momento de su historia alguna figura semejante a la de maestro o docente, seguramente los hombres primitivos contaban con los cazadores más experimentados para entrenar a los más jóvenes en las técnicas y medidas de seguridad que proporcionaran a la comunidad alimento y salvaguardaran la vida.

En la cultura griega es posible identificar grandes maestros como Sócrates, Pitágoras, Aristóteles y Platón, entre muchos otros, que ejercían la enseñanza como forma de vida en espacios destinados para esta actividad.

En el México antiguo existían dos tipos de templo-escuela: el telpochcalli a la que asistían las personas comunes o macehualtin y el calmécac, destinado para los nobles o pipiltin. En ambas instituciones los niños y jóvenes de ambos sexos se formaban para asumir los diferentes papeles de la altamente jerarquizada sociedad prehispánica. Recibían formación moral e intelectual, así como la capacitación para el trabajo productivo en áreas agrícolas, construcción de canales u obras hidráulicas, la arquitectura y la preparación militar.

En la época de la colonia la educación se vuelve más elitista, destinándose sólo para los españoles, criollos, algunos mestizos adinerados e indígenas nobles que eran educados para convertirse en caballeros de la nobleza novohispana.

En la Nueva España los colegios fueron fundados por frailes de diferentes órdenes, en estos colegios se marcó enfáticamente la división entre conquistadores y conquistados, aún entre éstos últimos existió separación entre los hijos de los adinerados y de los pobres, que, de alguna manera, lograban acceder a la educación formal.

La gran mayoría de la población era analfabeta, no recibía instrucción alguna, los más afortunados podían asistir a la parroquia de su comunidad para aprender a leer, escribir, tocar algún instrumento, la doctrina cristina o el ejercicio de un oficio. En el México independiente existieron diversos proyectos educativos, el más importante fue la Ley de Instrucción Pública promulgada en 1867 por el presidente Benito Juárez durante la instauración de la segunda república. Gracias a esta Ley, existe la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), institución de Bachillerato en la que he laborado por 29 años.

Indiscutiblemente que en cada época y modelo educativo el concepto de docente ha cambiado, todavía en mi infancia y juventud se consideraba que un buen docente era aquel que tenía muchos conocimientos, que era capaz de transmitirlo a los estudiantes, era responsable y estricto con los alumnos.

Probablemente más de un lector habrá sufrido en carne propia la pedagogía de “la letra con sangre entra” como castigos corporales, ridiculizaciones y tareas exageradas, entre otras muchas estrategias “educativas”. Pero los tiempos que vivimos actualmente son azarosos, conflictivos, marcados por la violencia, los desastres naturales y las pandemias. En ninguna época de la humanidad se ha generado tanto conocimiento y la tecnología se ha desarrollado a límites que pueden rebasar nuestra imaginación, seguramente aquellas ideas y metodologías educativas de los años 70 u 80 ya no son válidas en la actualidad

En este cambiante escenario cabe preguntarse ¿cómo deben ser los docentes actuales?, desde mi punto de vista deben tener dos características fundamentales: la flexibilidad y la capacidad de autoaprendizaje. La primera nos permite adecuarnos al cambio, en la actualidad lo único seguro es el cambio, ¿quién hubiera imaginado el 1 de enero de 2020 que la educación presencial se pondría en pausa en todo el mundo? ¿que las TIC serían nuestras herramientas diarias de trabajo? Un escenario nuevo, imaginado por la mayoría.

El confinamiento ha puesto en jaque a una gran multitud de profesores, a aquellos que pensaban que las TIC no eran para ellos, que con saber los contenidos de su asignatura era suficiente. Son precisamente estos los que se quejan de que los contrataron para dar clases presenciales, de que no tienen Internet en casa, los que piden a las instituciones educativas que les retribuyan el costo de la energía eléctrica que consumen al dar clases en línea, como estás, hay infinidad de excusas y reclamos.

Estamos en una situación de vida o muerte, suena dramático, pero es completamente cierto. Con gran dolor vemos cada día gente contagiada, incluso personas cercanas que están falleciendo solos en los hospitales, que ni siquiera pueden ser velados por sus seres queridos. No es tiempo para titubeos, los niños y jóvenes nos necesitan, es tiempo de enfrentar la situación y diseñar estrategias con lo que tenemos a la mano para continuar nuestro trabajo.

La capacidad de autoaprendizaje será la que nos saqué a flote, en la red podemos aprender prácticamente cualquier cosa que nos interese o necesitemos. 

Hay profesores que han creado grupos en las redes sociales para compartir materiales didácticos digitales, estrategias, videos, libros y toda clase de recursos educativos. No nos podemos quedar sentados esperando que las instituciones educativas y el gobierno nos den una formación específica para hacer frente a la pandemia, la situación es tan volátil que no hay tiempo para hacerlo, aprender por nosotros mismos es una exigencia actual.

Una amiga me preguntaba ¿quién va a sobrevivir a esta pandemia?, creo sinceramente que no serán los fuertes y más ricos los que mejor librados salgan, serán los solidarios, los que no piensen únicamente en su beneficio, los que acepten bajar el alquiler y sigan pagando a sus empleados aún sin que trabajen. Los que saben ajustarse a la realidad cambiante y tienen recursos para aprender lo necesario para continuar con la vida.

Ahora es el coronavirus, mañana será otra cosa, la realidad como la conocíamos dejará de existir; lo único seguro es el cambio, ¿estamos dispuestos a enfrentarlo?

Referencias