19 de noviembre de 2019
Corregidos con boli rojo. Así nos devolvían muchos profesores nuestros exámenes. En ellos tachaban, marcaban, subrayaban y anotaban en rojo todo lo que encontraban mal. Lo bueno apenas merecía una B o un simple trazo que, a modo de nihil obstat, venía a indicar que no había nada que objetar. De hecho, lo bueno, si lo había, no solía merecer muchos comentarios ni elogios en los exámenes.

Además de las correcciones, algunos profesores también nos ponían en rojo la nota numérica que asignaban a cada respuesta. Así podíamos entretenernos comprobando que nuestra calificación era correcta. Era un tiempo en el que se evaluaba mayormente con exámenes y en el que no se reparaba en la cercanía semántica entre evaluar y valorar. Quizá porque valorar es dar valor a algo y en los exámenes evaluar se entiende como sinónimo de calificar. Mejor dicho, de cuantificar o de clasificar. De modo que si la nota que figuraba en lo alto de nuestro examen se acercaba al diez se convertía en un trofeo que no requería aclaraciones. Pero si bajaba del cinco solía ir acompañada de garabatos, enmiendas y tachones con boli rojo que hacían aún más penosa esa calificación vergonzante.

La letra con sangre entra. Así se decía en aquellos tiempos y, aunque la horrenda metáfora no fuera más que una amenaza, algo del dolor de la letra mancillada quedaba en aquellos exámenes infantiles que habíamos escrito en gris lapicero y nos devolvían corregidos en rojo autoritario.