7 de agosto de 2019

Walter Arceluz, Buenos Aires.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda post 2015 como oportunidad para profundizar de manera participativa mejores prácticas democráticas desde la diversidad cultural.

En septiembre de 2012, Naciones Unidas implementó un proceso orientado a la definición de los denominados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), los cuales hicieron foco en una importante nómina de problemáticas mundiales como lo son la pobreza extrema o el cambio climático; por mencionar solo algunas de las más relevantes.

Tres años más tarde y entre diversas iniciativas, se crea un Panel de Alto Nivel en función del escenario Post 2015 y comienzan a tener lugar distintas Consultas Temáticas Globales en las cuales Naciones Unidas ha involucrado a instituciones, organismos y referentes de la sociedad civil en la definición de once ejes clave: Desigualdades, Salud, Educación, Crecimiento y empleo, Sostenibilidad ambiental, Seguridad alimentaria y nutrición, Gobernanza, Conflicto, Violencia y Desastre, Dinámicas de población, Agua y Energía.

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En un interesante artículo escrito por Daniel Gil, Amparo Vilches, Óscar Macías y Juan Carlos Toscano –el cual lleva el título de Objetivos de Desarrollo Sostenible-, los autores plantean dos cuestiones muy relevantes para mirar el corto y mediano plazo de estas iniciativas.

En primer lugar, apelan a no repetir los errores cometidos en este ciclo que concluye en 2015. Concretamente, refieren a la baja participación no solo de la sociedad civil en general con respecto al diseño de los objetivos de desarrollo, sino también a las escasas voces de los propios destinatarios de estas políticas.

Y como ejemplo de “buenas prácticas” corresponde citar a iniciativas como la llevada adelante por el PNUD en su informe 2013/14 “Nuevas Alianzas para el Desarrollo”; el cual –aún con aspectos metodológicos a mejorar-, contó con la participación de casi dos millones de personas en más de 190 países, muchos de las cuales expresaron sus opiniones vía Internet y mensaje de texto; sumándose al esfuerzo de cientos de organizaciones sociales que alcanzaron zonas postergadas encuestando casa por casa a poblaciones más desfavorecidas y sin acceso a la tecnología.

Una segunda cuestión, menos operativa y más de contenido, invita a evitar el reduccionismo que se reflejó en la omisión de los Objetivos de Desarrollo del Milenio con respecto a cuestiones críticas como la problemática demográfica, la pérdida de la diversidad cultural o la promoción de los derechos humanos; entre otras.

Y sobre este aspecto que refiere a la defensa de la diversidad cultural y retomando aquella primera cuestión de la participación social, hay en el artículo una mención a una iniciativa surgida post Cumbre de la Tierra Rio+20 (Río de Janeiro, 2012); que vale la pena destacar.

En función de la Agenda de Desarrollo Post 2015, se invitó a 70 educadores de nivel secundario y superior y a investigadores de diversas disciplinas –todos ellos iberoamericanos-, a participar de un proceso de elaboración colectiva de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Cincuenta y nueve propuestas individuales permitieron avanzar sobre la definición de objetivos comunes basados en la reflexión plural de estos educadores, finalmente sistematizada en diez ejes: Lograr la Transición a la Sostenibilidad, Potenciar la participación ciudadana en las instancias políticas y toma de decisiones para la Sostenibilidad, Potenciar la contribución de la Tecnociencia a la Sostenibilidad, Transición de la economía marrón a la Economía Verde, solidaria y sostenible, Desarrollar políticas de protección del medio desde el nivel local al planetario, Estabilizar la población mundial por debajo de la capacidad de carga del planeta, Promover el bienestar social reduciendo las desigualdades, Acceso universal a los recursos y servicios básicos, Acceso universal a la educación y a la cultura y Promover pautas de comportamiento solidario y sostenible.

En lo que respecta a educación y cultura, estas voces reclaman la urgente erradicación del analfabetismo, el derecho universal a una educación pública de calidad a lo largo de toda la vida y la protección de la diversidad cultural como patrimonio de la humanidad.

También desde Iberoamérica, Paulo Freire (Pedagogía de la Esperanza, 1992) planteaba que “es necesario que las llamadas minorías reconozcan que en el fondo ellas son la mayoría”. Y agregaba que “el camino para reconocerse como mayoría está en trabajar las semejanzas entre sí y no sólo las diferencias y así crear una unidad en la diversidad, fuera de la cual no veo cómo perfeccionarse ni cómo construir una democracia sustantiva, radical.”

En esta línea y con una mirada especial desde el ámbito educativo, resultaría alentador que este escenario Post 2015 genere -con compromiso de los Estados y de la sociedad civil-, más oportunidades para profundizar prácticas democráticas donde los sujetos puedan reconocerse distintos de otros por sus singularidades étnicas, históricas y culturales, pero que también puedan reconocerse iguales en su condición de ciudadanos.