12 de febrero de 2023
Gertrude Robinson en la Universidad McGill en 1990. Author provided

Leonarda García Jiménez, Universidad de Murcia; Esperanza Herrero Andreu, Universidad de Murcia y Susana Torrado Morales, Universidad de Murcia

Solamente dos de cada diez cátedras universitarias en España están ocupadas por mujeres. El dato no difiere mucho si miramos a la media europea o norteamericana. La cátedra, sinónimo de autoridad y prestigio, es el culmen de la carrera académica, pero ahí las mujeres investigadoras apenas llegan.

La UNESCO apunta a una pérdida progresiva de talento femenino a lo largo de la vida académica científica. Esta está, si cabe, todavía más acentuada en las carreras de ciencias sociales y jurídicas, donde las estudiantes de grado son clara mayoría (alcanzaron el 63 % del total del estudiantado español durante el quinquenio 2014-2018).

¿Qué pasa, entonces, con las mujeres en las ciencias sociales? Quienes formamos el grupo FEMICOM llevamos tiempo trabajando en esta pregunta. Para responderla, vamos a tomar como botón de muestra la investigación en comunicación, un campo interdisciplinar que incluye aportaciones de las ciencias sociales y de las humanidades.

El “efecto Matilda” y el borrado de aportaciones de mujeres

El “efecto Matilda”, descrito por primera vez por la historiadora Margaret Rossiter en este artículo, consiste en tener un prejuicio, una opinión previa negativa hacia una mujer científica por su sexo, lo que provoca una pérdida de oportunidades. Para describir este efecto, Rossiter se inspiró en la figura de la sufragista Matilda J. Gage y en el “efecto Mateo” en el que Robert Merton señalaba, a partir del evangelio del mismo nombre, que en la ciencia quien más tiene, más consigue. La historiadora matizó esta cuestión apuntando que esa desigualdad tiene un marcado carácter de género y que quienes “no tienen” son, sobre todo, las científicas.

Este efecto es uno de los motivos que explica que las mujeres hayan sido frecuentemente desacreditadas como autoridad, hayan perdido la propiedad de sus contribuciones en favor de un compañero o actuado como miembros silenciosos en proyectos.

Diversas investigaciones han encontrado evidencias de este sesgo contra las científicas. Hay que tener en cuenta que, a lo largo de la historia, donde se ha producido conocimiento ha habido investigadoras trabajando en él. Entonces, ¿por qué no aparecen sus nombres en los libros de texto o en las escuelas fundadoras de la investigación en comunicación?

El prejuicio que denuncia el “efecto Matilda” se manifiesta cuando se percibe una incongruencia contra una académica. Los estereotipos de género han definido de manera injusta que las mujeres estaban mejor dotadas para ocupar roles secundarios (por ejemplo, ser secretarias), mientras que los hombres eran de “manera natural” los llamados al liderazgo. Por eso, cuando una mujer desarrollaba un papel que contradecía el estereotipo de género, era juzgada de forma negativa, pues intentaba ocupar un “lugar que no le correspondía”. Recordemos que la ciencia, según el pensamiento tradicional y ya desde el propio Aristóteles, ha sido un espacio pensado para ellos en el que se ha negado la capacidad de ellas.

La consecuencia de este sesgo es un desequilibrio histórico que Miranda Fricker define como injusticia epistémica, una forma de injusticia relacionada con el silenciamiento y la negación de determinadas contribuciones al conocimiento, especialmente de las mujeres. Así, investigadoras como Sandra Ball-Rokeach, a pesar de ser una de las autoras más destacadas en el análisis de los efectos de los medios de comunicación del último medio siglo, no tienen entrada en Wikipedia, que es un espacio muy representativo de los principales significados presentes en la mente colectiva. Ella es una de las autoras que hemos entrevistado y recuperado desde el grupo FEMICOM.

Sandra Ball-Rokeach: Una vida en búsqueda de preguntas, minidocumental realizado por FEMICOM.

Ni esta autora ni casi ninguna de su generación, a pesar de sus relevantes contribuciones, se cuelan en los libros de texto universitarios de las facultades de comunicación españolas. Veamos esta cuestión en el siguiente apartado.

El periodismo en la universidad desde una perspectiva de género

El análisis de más de 2 200 referencias bibliográficas incluidas en asignaturas de teorías e investigación de los grados de periodismo de 36 facultades españolas respalda, en parte, esa tendencia histórica a excluir los aportes femeninos: de los 2 419 autores citados, el 81,89 % son hombres y solamente el 18,11 % mujeres.

Además, como mostramos en esta investigación, las diferencias en cuanto a la autoría de artículos son más pronunciadas aún en el análisis del género del primer firmante: el 85,71 % tiene como primer autor a un hombre, frente al 12,89 % con una mujer como primera autora.

¿Y quién es el responsable de esta escasez de referentes femeninos? Los datos son claros: los profesores y profesoras presentan similares patrones de citación, lo que significa que tanto ellos como ellas “olvidan” por igual incluir referencias femeninas en sus programas. Y las que hay suelen ser de autoras en activo. Con ello queremos decir que casi no queda rastro de autoras de la primera generación (años 1940-1960), como Herta Herzog, Helen Hughes o Mae Huettig; ni tampoco de la segunda (años 1970-1990), tales como la propia Sandra Ball-Rokeach, Linda Putnam o Gertrude Robinson, la primera presidenta de la Canadian Communication Association, lo que de nuevo es indicativo de la tendencia a borrar su memoria.

A modo de conclusión

La incorporación de la mujer al ámbito universitario a partir de los años 70 fue muy dura por la fuerte masculinización de los claustros, una cuestión que queda bien reflejada en los testimonios de algunas de las académicas de la segunda generación que lideraron el campo de la comunicación. La situación de la mujer en la ciencia expuesta hasta aquí es histórica y está costando mucho cambiar los significados.

Al fin y al cabo, el “efecto Matilda” o la ausencia de referentes femeninos en las guías docentes son solamente la punta de un iceberg mucho más profundo: la falta de autoridad y credibilidad que aún hoy arrastran las científicas.

Debemos seguir investigando en esta dirección y socializando a las nuevas generaciones en una formación académica que no deje de lado a las investigadoras en ciencias sociales y de la comunicación. Porque excluirlas a ellas, a nosotras, supone renunciar a la búsqueda de la verdad en la ciencia.The Conversationhttp://theconversation.com/es/republishing-guidelines —>

Leonarda García Jiménez, Profesora Titular de Teorías de la Comunicación, Universidad de Murcia; Esperanza Herrero Andreu, Investigadora en comunicación, Universidad de Murcia y Susana Torrado Morales, Profesora titular de Comunicación Audiovisual, Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.