17 de octubre de 2022

En mis años como jefe de estudios y, ahora, como director de un instituto público, me han surgido muchas cuestiones e incógnitas relacionadas con la evaluación del alumnado, el que tal vez es el aspecto más peliagudo de la función docente en la parte exclusivamente didáctica, con el fin siempre de buscar la mejora y la eficacia. Recuerdo que, en estas lides, una vez una persona dedicada al noble oficio de educar me comentaba que planificaba a lo largo del curso muchos exámenes porque era la forma de cubrirse las espaldas ante una posible reclamación por parte de las familias y, sobre todo, ante la inspección. Me comentaba algo así como que, cuando todo “se pone feo”, lo primero que te piden, además de la programación, son las copias de las pruebas y los resultados de estas; es decir, cómo las hemos calificado a partir de un registro escrito en el que tradicionalmente asignamos valores numéricos a las preguntas y las respuesta en función de su correspondencia más o menos aproximada con los criterios de evaluación de nuestra materia.

.

Seguir leyendo y comentar

Requiere el registro gratuito en la Red Iberoamericana de Docentes, un espacio colaborativo con más de 45.500 docentes