30 de julio de 2020

Adriana Sarmiento Rodríguez.
Cuando se mira hacia atrás en el ejercicio profesional, pereciera ser que poco tiempo ha pasado desde el inicio; porque aún incertidumbres y angustias acompañan las horas de reflexión frente al quehacer en el aula.

Cuando pisé por primera vez un aula de clase, en calidad de profesora, apenas estaba en proceso de formación con el fin de dedicarme a la ciencia, jamás a la enseñanza, bueno eso era lo que creía. Esa oferta laboral le vino muy bien a mis días de estudiante y a mi bolsillo.
Los grupos a mi cargo, estaban constituidos por adultos que habían abandonado su formación básica por diversas razones y ahora por voluntad propia y por exigencias laborales se encontraban matriculados en un sistema de validación de la formación secundaria. Allí los profesores abordábamos los contenidos y al final del ciclo, ellos presentaban una prueba nacional que les aprobaba o desaprobaba su formación.

Ahora bien, adultos entre veinticinco y sesenta años, población heterogénea con diferentes necesidades, diferentes intereses pero sobre todo diferentes niveles de formación. Allí llegué por primera vez a enseñar biología (poco sabía de ella, así que estudié mucho) y química, mi fortaleza.

En el grupo que hasta ahora empezaba y que iba a estar un año y medio estudiando antes de presentar la prueba, me encontré a Víctor, un hombre de cincuenta y cinco años, divorciado y distanciado de su familia por la ubicación geográfica. Cuando empecé mi avance en biología, noté que no tomaba nota y que parecía estar totalmente ausente; así que con mi poca experiencia le llamé al finalizar alguna de las clases y le cuestioné su actitud, haciéndole ver que lo que no aprendiera le iba a dificultar todos sus logros, él respondió con dos afirmaciones que cambiaron mi mirada sobre mi presencia en el aula y lo que debía ser una escuela, cualquiera que ella fuera. Dijo: profesora, no sé leer, por años no he leído nada y lo poco que sabía lo olvidé, efectivamente leía palabras pero nunca una frase completa, y además vine acá para hacer amigos, conversar y aprender de ellos.

A partir de ese momento, Víctor, se convirtió en un motivo de reflexión y búsqueda de alternativas, en otras palabras en mi primer reto pedagógico. El siguiente año y medio de trabajo con él y sus compañeros fue de gran aprendizaje. Mientras avanzábamos conceptualmente con el grupo, generamos parejas que trabajaban con él, empezando por leer las noticias diarias en el periódico y luego progresando con un par de libros. En algún momento se sintió totalmente acompañado por la lectura y progresivamente empezó a leer a un ritmo que ni yo siendo la profesora lograba alcanzar.

Suponía yo, que no iba a aprobar su examen porque aunque ahora leía y hablaba de muchas cosas, de biología y química no había aprendido mucho.

Cuando llegaron los resultados de las pruebas, Víctor no sólo había aprobado, además había superado a algunos de sus compañeros. Celebramos los logros y entonces hace su gran anuncio: voy a estudiar ingeniería de petróleos desde el próximo semestre. Y por supuesto que lo logró.

Sí algo hice en mis dos primeros años de trabajo en las aulas, fue aprender de mis estudiantes, de sus dinámicas, de sus luchas pero sobre todo de la voluntad para hacer realidad sus sueños, cuando pareciera ser que la vida ha cerrado caminos, ellos los abrieron al igual que sus alas.

Luego vendrían muchos retos pedagógicos, batallas ganadas y batallas perdidas, pero lo que ya nunca volví a dudar es que a cambio de un laboratorio de investigación mi vida laboral tenía sentido en el aula, y que en ella, los procederes humanos tienen que sobreponerse a las transmisiones de conocimientos y procesos metódicos.

Creo que nos hacen falta más hombres como Víctor en el aula o agudizar la mirada del profesor para poder identificarlos y se necesitan equipos de trabajo solidarios como el de aquella época.